CONTRADICCIONES DEL TIEMPO

Ignacio Iraburu.

El estudio de pintura de Joan Soler Rebassa es un tablero de dominó, con las piezas colocadas boca abajo, a la espera de la jugada definitiva. Los cuadros sin terminar se apoyan en la pared, ocultos en sus formas, retraídos en su silencio. En realidad, no se trata de un viejo castigo de escuela, sino de un método eficaz para crear sin prisas y obtener ventajas de una demora que no es olvido.

Con esta exposición, la pintura de Joan Soler se da la vuelta completamente y, tras el reposo inclinado en los muros de aquel desván de Sóller, llega el final del proceso. De un golpe, toda la hilera de fichas de dominó deja de ser negra, para enseñarnos el secreto de sus números.

Los cuadros continúan creciendo, incluso después de que el autor decide poner punto a su obra. Y en esta evolución interminable, existe una característica que se mantiene siempre : la dualidad. En un periodo anterior, su pintura  era el resultado de la superposición de dos planos. El artista planteaba el misterio de lo que permanecía semioculto, despuntando muy suavemente entre la arena quieta de la superficie. Pero ahora ha trascendido esta etapa de “ dunas “ y, sin abandonar su hilo, sitúa el enfrentamiento de los contrarios en un mismo plano.

Cuando dos opuestos se reconocen, uno de ellos suele cambiar de acera para evitar el encuentro. Es un gesto repetido infinitamente en la historia y en la vida cotidiana. Los irreconciliables salen por puertas separadas y suben por escaleras distintas. No vaya a ser que un ligero roce provoque la chispa y ardan los espíritus.

Joan Soler integra ovejas y lobos en un mismo rebaño, superando el desencuentro histórico. En su pintura establece vecindades que pueden resultar extrañas a primera vista, pero de ahí nace la energía que fortalece estos cuadros siempre crecientes.

Surgen relaciones insólitas entre los elementos fríos y los materiales cálidos, el aluminio y el plástico contra los pigmentos y la arena. La geometría racional se encuentra con el gesto, con los senderos de la intuición, que también son inescrutables.

A veces, el corazón tira los trastos a la cabeza y la cabeza reacciona con una punzada directa en el corazón. Pero también sucede lo contrario de la tempestad.

Lo prefabricado muestra sus dientes de hierro a las formas sensuales del Mediterráneo. Los colores artificiales concurren con los cromatismos claramente naturales. Y en estos cuadros aparecen esbozos de seres extraños, naturalezas inventadas de perfiles deliberadamente vagos. Muy remotos o muy futuristas, son referencias a lo que se fue o, quizá, a lo que está por venir.

Suele ocurrir también que la disposición de los elementos en el cuadro alumbra espacios que bien podrían tener otra dimensión. De la pintura a la arquitectura – sin cambiar de acera – desembocando en una nueva ambigüedad.

Antonio Saura hablaba de la “poética de las relaciones insólitas”, que resulta básica para llegar a la esencia de las cosas. Él busca como un ávido zahorí : “ Lograr la armonía de lo inarmónico, el contrapunto en lo fluido, la dureza junto a la blandura y el fragmento en el conjunto, es tarea de la verdadera pintura “.

Joan Soler comparte esta misma órbita, aproximando lo dispar hasta formar un concepto superior. Los opuestos se integran y nacen realidades que concurren en un solo cuerpo.

Es la misma voluntad de síntesis que demostró Le Corbusier, empeñado como estaba en reconciliar “ la máquina con la naturaleza, el hombre moderno con los principios fundamentales, extraídos de la tradición “, según matizaba uno de sus seguidores.

La tecnología recibe el aliento “ new age “ de la tradición; desde este siglo, las máquinas pueden enfermar con la plaga del virus informático. Entonces, tal como están las cosas, ¿ por que no concebir en un mismo cuadro el “estómago” de un chip con símbolos mágicos ? Es la “ poética de las relaciones contradictorias “ de Saura, y también el continuo acto de avenencia de Le Corbusier, la conjunción deliberada.

El arquitecto suizo murió sumergiéndose en el mar, en la Costa Azul, ese mar donde se aloja la historia y el recuerdo luminoso del tránsito de civilizaciones. En el caso del pintor mallorquín, el Mediterráneo despierta la vida en la superficie del lienzo.

Elegantes y cálidos, rígidos y sensuales, sus cuadros poseen el valor añadido de todo lo que nace en Sóller. La magia se desliza desde la cumbre de El Teix, llegando siempre por la noche. Ya lo dijo Robert Graves : “ El hierro de esta montaña me renueva las neuronas del cerebro y me magnetiza positivamente. En el mundo hay varios lugares como este. Es un círculo de montañas llenas de hierro, un círculo magnético que obliga a crear. Los que no son creadores acaban volviéndose locos “. Pero en Joan Soler, la cordura está garantizada, a través de su pintura, a través de sus piezas de dominó.