LA VISERA DE CHARDIN
Miguel Zugaza
Al final de su vida, Paul Cézanne en su destierro voluntario en Aix en Provence, iluminado por la luz meridional que le vio nacer, se proponía reconstruir a Poussin a través de la naturaleza, y, según le confesaba a Emile Bernard en 1904, su fórmula consistía en ver la naturaleza “ a través del cilindro, de la esfera, del cono, todo ello situado en perspectiva, o sea que cada lado de un objeto, de un plano, se dirija hacia un punto central. Las líneas paralelas en el horizonte dan la extensión, o sea una sección de la naturaleza o si lo prefiere del Espectáculo que el Pater omnipotentes, oeterna Deus, despliega ante nuestros ojos. Las líneas perpendiculares a este horizonte dan la profundidad “.
Me parece pertinente convocar a Cézanne y recuperar su célebre fórmula a proposito de comentar la última serie de obras de otro pintor meridional, el mallorquín Joan Soler, en la que se nos muestra irremediablemente comprometido con la búsqueda cezaniana.
Extensión y profundidad son dos dimensiones reales del espacio ilusorio del cuadro que Soler trata de activar, de dotar de una apariencia virtual. Como en Cézanne, el cilindro, la esfera, el cono, la geometría, en definitiva, garantizan el lenguaje apriorístico de penetración en la incógnita y fugaz apariencia de la naturaleza y de la pintura misma.
El paralelismo de la búsqueda de Soler con la de Cézanne no queda sólo en la confianza en los volúmenes sólidos y en la geometría como garantía del orden. Existe además una clara sintonía en la utilización de la luz y el color como elementos reveladores de la profundidad, del espacio interior del cuadro.
Cézanne, concluía la receta epistolar a Bernard diciendo: “ La naturaleza para nosotros hombres aparece más en profundidad que en superficie, de ahí la necesidad de introducir en nuestras vibraciones de luz, representadas por los rojos y amarillos, una suma suficiente de azulados para que se note el aire “.
Como Cézanne y junto a los grandes artistas que a lo largo del presente siglo han desarrollado hasta las últimas consecuencias las enseñanzas del pintor provenzal, la idea de solidez, del orden, ha presidido las conquistas de Soler en el territorio de la pintura.
El cuadro concebido como un espacio posible para interpretar el orden a través de formas sólidas, a partir de arquitecturas configuradotas de espacios en extensión y profundidad. Claras misiones para quien, como Soler, comparte su experiencia plástica con una irrenunciable vocación de arquitecto. Inevitablemente el oficio de pintar y el de edificar se confunden en su trabajo y se enriquecen mutuamente.
En realidad, Soler ordena el espacio caótico del cuadro siguiendo una lógica arquitectónica. Un trazado preciso edifica el espacio en profundidad y extensión.
Esta forma de actuar rememora a los grandes herederos de la tradición cezaniana como Mondrian, y los componentes de Stilj, y en lo que las experiencias de éstos supusieron para crear un espacio único para la pintura y la arquitectura, trabadas por una relación armoniosa, casi clásica.
La razón geométrica, de nuevo, se impone como la garantía de orden; la proporción de las partes con el todo, resuelve la dramática fragmentación de la realidad y facilita un nuevo orden frente a la obstinada fugacidad de lo real.
Paisajes euclidianos, armónicos, se componen de la rítmica repetición de formas, que encierran a su vez fragmentarios universos cromáticos y lumínicos que surgen misteriosamente como acordes musicales que se desvanecen en el aire. La arquitectura espacial de barras paralelas y perpendiculares recorta la superficie del cuadro como la antigua retícula, creando nichos donde se deposita la materia pictórica y donde se genera su particular acción química.
Llegados a este punto, la pintura, esa mixtura entre luz y color, se desvanece dramáticamente, materialmente se convierte en humo, quedando la forma esencial disuelta en el fondo, como un espectro con presencia irreal, en una simple huella.
La pintura le permite al arquitecto que es Soler idear espacios posibles e imposibles, tópicos o utópicos, hacer derivaciones espaciales hasta el infinito, y abrir una ventana al espacio insondable de la memoria.
Finalmente, pintar el humo o pintar con humo, esa materia volátil que serpentea en el aire, fue una de las distracciones preferidas del pintor francés Chardin, uno de los maestros antiguos admirados por Cézanne, quien descubrió al colocarse una visera sobre los ojos que “ se ven mejor los valores “, el polvo se posa en los objetos y el humo se recorta en una atmósfera clara.
A la luz de sus últimas obras, Soler se ha colocado sobre los ojos la visera de Chardin y observa el cuadro como una realidad transparente donde se arremolina el humo como la memoria o la huella del apasionado fuego eterno de la pintura.