O puestos JUNTOS.
Ferrán Barceló.
Tres citas son suficientes para acceder a la obra de Joan Soler, y con ella reconocer que entre los opuestos caben toda una serie de gamas intermedias, de actitudes, de zonas teóricamente inexistentes. Zonas en las que la duda se apropia del tiempo y del espacio, terrenos en los que la razón y la sinrazón conviven en armoniosa existencia.
La primera cita la aporta Antonio Saura cuando habla de “la poética de las relaciones insólitas” y afirmar que “… lograr la armonía de lo inarmónico, el contrapunto en lo fluido, la dureza junto a la blandura y el fragmento en el conjunto es tarea de la verdadera pintura “.
André Bretón localiza este espacio en el lugar donde los polos opuestos se atraen y crean una atmósfera misteriosa e inquietante cuando sentencia que “ Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como opuestos”.
Todo esto toma aquí sentido si le sumamos la voluntad de síntesis que también perseguía Le Corbusier en su empeño de reconciliar “ la máquina con la naturaleza y al hombre moderno con los principios fundamentales extraídos de la tradición”.Es, a fin de cuentas, en el hecho de “ ser mecánico en un jardín botánico “ en donde se encuentra la parcela apropiada donde sembrar lo que hay “entre el sol y mi corazón”. Es esta zona en la que luchan la razón y el instinto, allí donde esta confrontación adquiere un sentido real y válido, es donde la duda ha perdido su trono y sólo cabe solución en la sabia aceptación que supone la convivencia. Es aquí donde reina la ambigüedad que nace de la relación habida entre el instinto y la razón, entre el gesto y el acto medido, entre lo eficaz y lo provechoso contra lo inútil e improductivo.
Todos y cada uno de los elementos que aparecen reflejan el deseo de sopesar las íntimas estructuras del comportamiento humano. De ahí que debamos canalizar y acotar por entre los laberintos mentales lo puramente físico y reconciliar así las posturas.
La realidad estructurada, que aquí se representa con la constante alusión a la compartimentación espacial y enigmáticas reinterpretaciones del Suprematismo o de las abstracciones de Piet Mondrian o de Théo Van Doesburg, conviven pacíficamente con la arbitrariedad del gesto y del accidente matérico, en definitiva con el instinto. Aquí es donde Soler Rebassa atina con acierto cuando otorga a todos los factores que conforman al “ ser humano “, la justa y proporcionada medida.